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El diez es fragmentario, aislado y solitario.  Es Riquelme trotando la cancha como si la gloria, la hinchada, los compañeros y la vida, no dependieran de su jugada.  La única jugada.  Andando la cancha. Con ligereza, con estilo. Casi flotando sobre el césped. En diagonal, el ídolo de Boca, se acerca a su compañero y le pide la pelota.  La recibe.  Y con esa mirada en la espalda, la toca con el borde derecho del botín izquierdo poniendo el pie a 3 centímetros del suelo y  en un ángulo de 48 grados exacto para que el balón rebote con su chimpún y con una potencia media perfecta haga una rosca magnífica. Una curva que es una elipsis en realidad, para que el balón corra y corra y llegue a su destino. El destino de todas las pelotas que salieron del pie de Riquelme. El destino del pase gol. El balón cruza en diagonal 25 metros, entre 3 jugadores y dos líneas de 4. El delantero quedó solo. Riquelme lo mira. Su trabajo es una obra de arte perfecta y efímera, que sólo será valorada si ese balón se convierte en tres letras unidas y gritadas.

No importa los otro nueve jugadores de campo que corren, retorna, presionan, incitan, hostigan faulean, tocan, proyectan, traban, destruyen, cortan, cruzan y cierran. Solo importa el ballet suave y lento y cadente (y decandente) de Riquelme, Zidane, Valderrama, Cueto, Maradona y Bochini. Solitarios del campo. Seres aislados y hostigados.  Acosados por la marca y por la insistencia para que marquen. Especialistas del toque, la rabona, el taco y el sombrero. Nada de lo que hacen es mediocre o mediano. Simplemente lo hacen perfecto. El pase largo en curva, el pase corto en diagonal. A tres dedos, con el empeine o con la parte interna. De bolea, contrabote y de cuchara. No saben jugar mal. Y sin embargo, son solitarios en la profundidad de su conocimiento del fútbol. Son intermitentes pues no siempre tiene el balón e inexistentes cuando se tiene que recuperar la pelota.

El genio es una luz solitaria en una cancha oscura. El 10 es esporádico  y oscilante en su brillo. El 10 conoce muy bien la mitad del fútbol, pero del resto, poco o nada.  El genio es perseguido, acosado, aislado y  presionado. Es arrinconado a las bandas, o empujado casi hasta la defensa. El 10 tiene que buscar espacios en la primera línea de volantes y esconderse como un mediocampista de marca. El creador tiene que vestirse como un extremo y usar su velocidad para desbordar. El enlace se tiene que contentar con meter goles y tocarla poco. Ser un segundo delantero a destajo. Un pasador y estorbo de la defensa rival. Ahí está Pirlo y sus pases kilométricos, Messi y sus diagonales desmedidas, Cassano y su regate cerca del arco y el pobre Baggio y sus segundos tiempo demoledores.

El 10 ve como los volantes mixtos nacen y renacen en la cancha mientras su raza ya está en vías de extinción. Los mixtos que crean medianamente bien, que quitan muy bien y que están en muchas zonas del campo. Ellos son las nuevas estrellas del fútbol moderno. Los Busquets, los Gerards, los Xavis, los Farfán. Los talentosos que decidieron trabajar, marcar, trajinar y regresar.  Los medianamente buenos en todo. La medianía los vuelve rápidos, colectivos, solidarios, ubicuos. La medianía hace de los mixtos expertos en nada y especialistas en todo.  Son los que juegan 90 minutos cada tres días. Los que nunca faltan en las dos áreas. Los que presionan y salen limpio.  Los multitalentos que cabecean bien, patean bien, marcan bien y arman bien. No son genios pero son generosos. Comparten su trajín y perpetúan su raza.

Los 10 en su profundidad y genialidad son discontinuos, aislados, mono talentosos, creativos,  sorprendentes e inspirados. Pero nunca previsibles. Son tan buenos que no sabemos cuándo aparecerán y menos dónde lo harán. Los mixtos son dinámicos, estudiosos, previsibles, planeados y obedientes. Son tan predecibles para entrenador que son perfectos para la táctica y el orden. La medianía les da velocidad y permanencia en el juego.

El conocimiento profundo de algo es una utopía y eso no lo saben los número 10.  Aun creen en la locura de pensar que podrán lograrlo. Que podrán adquirir el conocimiento máximo. Que lograran la jugada perfecta, el juego perfecto, la performance ideal. Que serán los mejores que alguna vez existieron,  con un talento único e inigualable. Ellos no saben ser alguien en la superficialidad. No creen en la experiencia y menos en el compartir su talento. No se ubican en la velocidad y son egoístas en el momento de repartir.

En este mundo de la información sin límite los que triunfan son los superficiales, que encuentra a gran velocidad lo que quieren.  Los medianos, que no son geniales pero son confiables. Los mixtos que saben hacer regularmente todo bien. Los velocistas que adquieren mas y mas conocimiento y están ávidos de aprender. Los multitareas que comparten su conocimiento para que otros, como ellos, aprendan mucho y más rápido.

El fútbol es una mala imitación de la vida. Un remedo fácil de nuestra existencia. Un espejismo turbio de nuestra realidad.

Pensemos en nuestra profesión ahora. Recordemos la clásica proclama de ¡Yo soy redactor!, que se escucha en cada nueva redacción integrada cuando le piden a un periodista tomar una foto. El grito “Yo solo tomo fotos” de cada fotógrafo sublevado que quieren obligarlo a hacer videos. El “Yo trabajo para el periódico” de los redactores valientes  que no quieren publicar en la web. En el cronista que se arrancaría los dedos antes de subir un tuit de 140 caracteres o del reportero que se desangraría antes de intentar transmitir en vivo con su celular.

La profundidad fue el hábitat de los periodistas. Ellos: los filtros de la realidad, los grandes contadores de los sucesos. Debían ser profundos, acuciosos, y detallistas a más no poder. No había espacio para la selección porque no había de donde escoger. Solo un dato único y escondido en las profundidad de una fuente.

El periodista siempre fue un 10. Un creador. Un talentosos de la investigación profunda. Un publicador que se ganó el ser arrogante en base a la exclusiva. ¿Podrán estos periodistas sobrevivir en un mundo de velocidad, superficialidad y medianía?

Yo creo que un hombre de prensa puede ser un periodista multitalento, un comunicador que abrace las tradiciones de la profesión pero con las nuevas técnicas del mundo digital.