Tras un desastre natural, siempre existe la compulsión de la audiencia de informar e informarse. Como buenos prosumidores, todos quieren consumir y producir las primeras imágenes del suceso.

En el caso de terremoto en Chile, un país muy tecnificado, las fotos y los videos ciudadanos fueron los grandes protagonistas de la noticia. Ni los periodistas y aún menos la audiencia tenía que esperar la foto de una agencia de noticias o la de un periodista que se haya acercado al lugar. Tan solo había que ver las fotos reproducidas en Twitter o Flickr.

Además, la audiencia ya no tenía que esperar que un canal de televisión arribara a la zona del desastre para ver imágenes del suceso. Esta vez, en YouTube había una gran variedad de videos de los propios damnificados por el terremoto. La idea de tener material de los “precisos momentos” en que sucedía el terremoto ya no era una gran exclusiva periodística, sino parte del material compartido en la red, vía el portal de video.

Ante esta situación, el periodista obviamente no solo ha perdido la primicia de los hechos post terremoto, que se ahora se difunden vía Twitter y Facebook, sino también perdió la capacidad de reaccionar de manera multimedia. Las fotos y los videos dejaron de ser una exclusiva de la televisión.
Además, el gran valor agregado de este material multimedia es que está limpio de toda edición. No existe ese filtro periodístico, sino es un material crudo: Imágenes movidas, encuadres aberrantes, iluminación defectuosa. Todo lo que se perciba en el material como absolutamente verídico.

El periodista digital a la cancha

Dos día después de terremoto tuve la oportunidad de viajar a Chile a cubrir el desastre y me preguntaba qué hacer ante la situación antes descrita. Por más que grabara las replicas, los saqueos o los destrozos, esas imágenes de la audiencia iban a ser siempre más poderosas ¿Cuál era el camino de mi cobertura?
Eramos un equipo de tres personas que cubríamos las incidencias del terremoto para el diario El Comercio. Un fotógrafo, un redactor y yo, que hacía la cobertura multimedia para la web. El fotógrafo buscaba ángulos distintos, imágenes de calidad superlativa. En otras palabras, la foto para la portada. En tanto, el redactor estaba tras declaraciones para una crónica o una entrevista exclusiva con una fuente oficial. En mi caso buscaba imágenes y declaraciones. Rastreaba historias.

Ese fue mi camino. Ante tantas imágenes e información ya difundida, fui a buscar historias. Entrevistas a los afectados, crónicas y relatos de los sucesos, imágenes que describan toda la devastación. Finalmente, hacer periodismo en su máxima expresión. Es decir el punto de vista de un profesional de la información.

No iba a buscar cifras, ni primicias y menos aún noticias al instante. Lo que quería encontrar era el material periodístico que le diera un valor agregado a la web. La idea era hacer la diferencia con toda la información commodity que circulaba en todas las webs de noticias.

Finalmente, lo que quiero decir, es que, ante la interrogante sobre cuál es el papel del periodista en esta época de superabundancia de información, la respuesta es simple: hacer más y mejor periodismo. La diferencia es que ahora la competencia no solo viene de otros medios y sus periodistas, sino de la propia audiencia.